Entre cristales y cortinas (rotas)


Dije que iba a compartir lo que le escribí a una persona secreta hace ahora dos o tres años para dejar patente mi falta de "profesionalidad" y...

aquí está.

He añadido/suprimido algunas cosas del relato original porque soy así de quisquillosa con lo que escribo, pero, básicamente...

Esto es, era... es.

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Por fin vuelvo a tener fuerzas para tenerme en pie…!! El jueves acogí en mi casa a 2 penados de permiso y a un liberado condicional que también se nos acopló y aún me estoy preguntando en qué bendito momento me metí en todo esto… Resulta que fui a una de las cárceles de Madrid a buscar a uno de ellos (que conozco prácticamente desde que empecé a entrar en prisiones en febrero del 2014) y, estando ya allí, me enteré de que también tenía salida otro de los que a menudo solía ir a visitar. Faltó poco para que no dejaran salir al segundo porque una de las condiciones que tenía para el disfrute de su permiso era que un familiar le recogiera a la salida y, tal y como ya sucedió en diciembre, la sangre volvió a fallarle. La última vez que lo dejaron plantado al menos tuvieron la decencia de llamarme un par de horas antes para decirme que no iba a ir nadie a por él, que si quería ir yo -que evidentemente fui, pero vaya tela... no??-, pero esta vez… Supongo que tuvo suerte.

Fruto de la casualidad, si es que existe, qué sé yo.

El caso es que yo sólo tenía en mente acompañar a uno de ellos, que además era una persona con la que siempre había tenido una relación de las de crecer, estar y creer. Tal había sido así, que hasta había llegado a participar alguna vez de las comidas familiares en casa de los suyos -sin él, claro- (…que pensándolo bien, jolín, qué vergüenza, no?? Qué vergüenza y qué privilegio tan bonito ese de que una familia te abra las puertas de su casa así, con esa alegría y esa entrega…!!). Ahora pienso que es raro haber podido compartir la generosidad de toda esa gente con la naturalidad de la que a él se le ha privado… ¿¿qué mejor que la familia -cuando te quiere de forma libre y sana, sino nanai, ni familia ni leches- para el remiendo, para el volver a empezar…?? Total, que siempre ha sido uno de los que he sentido muy-mucho. Ni siquiera diría que tengo una relación de amistad con él porque yo nunca he ido a la cárcel a hacer amigos, nah, nada de eso, yo no tengo amigos en prisión; pero… no sé. Sencillamente es una de esas personas con la que, en un momento y lugar determinados, he podido aprender mucho.

La cosa es que los caprichos del azar, al final y como siempre, me acabaron imponiendo el ir sobre la marcha –que es algo que me encanta y me vuelve loca de atar, tampoco vamos a intentar desmentirlo ahora…–.

Cuando supe que el otro chico también iba a estar fuera –y sabiendo además que éste estaba un poco más abandonado a nivel social…– no pude evitar ser yo. No pude evitar hacerle partícipe de un tiempo de ocio sano, limpio y diferente… ¿¿Cómo iba a poder no hacerlo?? Les propuse presentarles a mis amigos y salir a tomar algo. Lo normal y en compañía. La risa que todo lo cura. Accedieron con gusto e ilusión a algo que sí o sí no iba a tener nada que ver con su noche a noche en el chabolo. Muchos de ellos nunca han tenido una noche de estas simpáticas –que es algo que a mí me asombra y me fascina hasta lo abominable–, así que no pocas veces procuro valerme de mis amistades (que son puro amor, además de ser las mejores que uno podría tener!!) para enseñarles otras formas de hacer. A veces me doy cuenta de que lo único que les ha faltado en la vida es rodearse de gente que de verdad les quisiera, que de verdad les valorara y admirara por ser quienes son y no por lo que ellos se creen ser. A veces vuelven tan jodidamente ilusionados a casa –recuerdo especialmente a uno que no pudo más que echarse a llorar… no sé si por verse rodeado de gente que le había hecho sentir bien o si, quizás, por caer en la cuenta del daño que se había estado haciendo al creer que lo normal era encontrarse en un entorno como el que él había conocido…– que no puedo más que convencerme del papel clave que juega siempre el alrededor en nuestra toma de decisiones y en nuestra vida.

Lo difícil no es elegir, sino saber/poder/querer hacerlo desde el respeto y el amor propio.

La verdad es que me encanta salir con ellos porque, además de emocionarme mucho verlos así, riendo desde lo más profundo y disfrutando recíprocamente de nuestras compañías en sociedad, voy haciendo apología entre las personas que no conozco… “Perdona, si te dijera que uno de nosotros está en la cárcel, quién dirías que es??” –…les estaré estigmatizando?? dicho así puede sonar horrible, pero te juro que en el momento todo fluye entre risas y surge de forma natural, simpática y graciosa…!!–. El caso es que acaban llamando la atención de algunas personas que nunca han tenido ocasión de poner en jaque la opinión pública predominante sobre las cárceles (resorts de 5 estrellas…) y el 100% de las veces –lo que viene siendo siempre, vaya– sacian sus curiosidades con expresión de sorpresa porque… hala!! Son gente normal…!! “Se vive tan bien en la cárcel que después de llevar más de 4 años viendo a este chico todas las semanas, ésta es la segunda vez que puedo tocarle y verle sin un cristal de por medio”. No sé si hablar de ello será estigmatizarles o no, pero yo no lo creo. Esa noche conocimos a un chaval que había tenido preso a su padre y que no llevaba nada bien su propia historia. Tuve ocasión de hablar con él de ello durante varios días porque le dejé mis señas y porque creo de todo corazón que el habla es la mejor medicina que uno puede encontrar para absolutamente todo.

Para mí es una mera cuestión de educación, de pedagogía: la auténtica clave está en las formas. Que un mismo mensaje pueda ser demoledor o pedagógico, no depende más que de la manera en que se transmite. A mí no me cabe ni la menor duda de que sólo el habla puede acabar con todos los tabúes/prejuicios que hay al respecto... Ellos disfrutan captando la atención de la gente –y es normal, viven tremendamente aislados y marginados… ¿¿Cómo no iban a disfrutar haciéndolo?? – y yo disfruto viéndoles abriendo mentes, derribando prejuicios y conquistando almas.

Todos felices y muy felices.

Fue una noche muy bonita, la verdad. Nos reímos mucho, pero también tuvimos ocasión de encontrar momentos para compartir y agradecer penurias. Creo que supe encontrar momentos para cada uno de ellos porque recuerdo partes de algunas de las conversaciones que tuvimos. Recibieron atención y aceptación, además de mucho cariño por parte de mucha gente. Dio la casualidad también de que fue una noche de reencuentros y de que, no sé ni por qué ni de dónde, empezaron a aparecer personas que llevábamos lustros sin ver. Recibí un sinfín de muestras de afecto, de cariño, de halagos… en fin, palabras que son mucho más que eso, pero que sin duda creo se me quedan grandes. A veces me desborda saberme tan querida, no sé, puede llegar a dar un poco de susto o qué sé yo.

La cosa es que llegamos a casa después de una noche muy simpática, con todo el mundo muy feliz; y empezaron a pelearse. De repente tenía a dos gorilas destrozando el salón de mi casa. Nadie sabe qué pasó, nadie sabe cuál fue el detonante, pero empezaron a pegarse. Ellos se conocían ya de antes de entrar en prisión y siempre han sido como hermanos, por lo que aquello me descuadró a borbotones. Era del todo imprevisible que pasara algo así. Uno de los dos (el que conocía menos) estaba como ido de la cabeza… Daba vértigo mirarle a los ojos porque allí dentro no había nadie. Lo miré y lo miré pero no lo encontré, de verdad. No sé qué le pasó, pero no era él. Ni él, ni nadie, ni nada. Era imposible hablar con él, era inviable devolver la situación a su estado anterior. En uno de mis intentos por serenarle, llegó a agarrarme del cuello. De verdad que no sé qué le pasó, que eso no era él, pero imagina cómo se puso el otro al ver que el poseído me agarraba abalanzándose sobre mí. Se puso hecho una fiera, todos estábamos alucinando, cómo era posible que aquello estuviera pasando?? Estaba ido, completamente fuera de sí. La verdad es que me asusté, pero no tuve miedo. En esas situaciones –más comunes en mi vida de lo que a mí me gustaría… por suerte y/o por desgracia!!– una no tiene miedo de pararse a temblar. Se activa un piloto automático desconocido hasta ese entonces, se obra por impulsos e instintos, por la intuición de quien se siente en peligro queriendo sobrevivir. Se rueda sobre la marcha porque el susto no llega hasta después, hasta que no llega la calma.

Recuerdo que yo sobre todo no quería que nadie pudiera llamar a la policía, porque se los hubieran llevado del tirón y san-se-acabó. Una vez más se hubieran acabado sintiendo como lo que tantas y tantas veces sienten las personas presas, como si fueran lo peor de lo peor.

Seres miserables que en absoluto son.

Y entonces, de repente, sin ser capaz de entender nada de lo que estaba pasando, se me vino todo encima. Empecé a entrar en un bucle de ansiedad y de no poder respirar hasta que me desplomé. Había mucha gente a mi alrededor porque mis queridas amistades –e incluso las no-amistades con las que nos habíamos reencontrado esa noche– nunca me dejan sola y siempre están cerca de mí. Se acabaron viniendo a casa para instalarse en mi salón –puede que por el cansancio que llevábamos encima, puede que por lo a gusto que habíamos estado esa noche o puede que porque sí, sin más–. Creo que en total éramos 8-9 personas, si bien mi queridísimo compañero de piso estaba “durmiendo” en su habitación –yo más bien imagino que estaría arropado con la manta hasta las orejas, como si eso hubiera sido todo lo que necesitaba para protegerse de la Odisea que había montada fuera– porque en cosa de una hora tenía que levantarse para ir a trabajar.

La cosa es que yo pensé que se iban a matar y empecé a ahogarme. Creo que aquello pudo haberlos alterado más todavía porque mis sollozos enrabietaron al que había querido protegerme. Sentí que se partía un poquito en dos. Sentí que él tampoco entendía cómo después de todo el otro era capaz de obrar así, pero es que no era él. Sentí su rabia, su impotencia y su compasión. Ni siquiera hubiera podido salir de permiso de no ser porque yo aparecí por allí y pude firmarle la recogida. Pensé que lo mataba. Aquellas dos horas se me figuraron días enteros, con sus respectivas mañanas, tardes y noches. La tensión era insoportable. Me ardía la garganta.

Al final volvió a apoderarse de mí una fuerza inesperada y momentáneamente pude sobreponerme para volver a intentar lo que media hora antes no había dado ningún fruto: la persuasión. Con la ayuda y el apoyo de mi inestimable rubia convencimos a uno de ellos para meterlo en mi cama e intentar serenarlo. Le hablamos con voz de madre-lee-cuentos por turnos hasta que se durmió y, por fin, se acabó la historia. Desfallecimos en el sofá apelotonados sin llegar a entender absolutamente nada de lo que había pasado. Intercambiamos algunas palabras/miradas para tratar de encontrar algunas explicaciones, pero, la verdad, no nos importaba una mierda tratar de averiguar qué había sucedido. Había sucedido y ya está. Estábamos agotados. Nos estábamos quedando dormidos (éramos 6 personas en 2 sofás…) cuando sonó el despertador de mi compi-piso. Se levantó y se metió en la cocina a preparar café como si nada hubiera pasado. Creo que alucinó con el percal. Hizo algunas bromas que le agradecí en el alma –tanto como el hecho de que no hubiera llamado a la Policía…!!– y poco a poco fuimos cayendo. Menos mal que esa noche nos acompañó también un liberado condicional al que yo no conocía de nada –pero ellos sí– que se había sumado para verles un rato porque, de no ser por él, no creo que nadie hubiera podido contenerles.

Por la mañana el causante de todo el lío no se acordaba de absolutamente nada. Cuando le explicamos que el pequeño-gran Manu se había ido a casa lleno de sangre… cuando vio trozos de cristales rotos, unas cortinas medio caídas hechas harapos y una silla de madera partida en 2, además de todas nuestras caras… no supo dónde meterse de la vergüenza. Creo que no era la primera vez que le pasaba algo así: menudo papelón… Fue una mañana bastante fatídica… Se disculpó mil veces de mil maneras, pero a mí lo que me hería no era él en concreto, sino saber que podría haberme traído a otras 40 personas y que a cualquiera de ellas podría habérsele ido la cabeza así. De hecho, ésta no era la primera película en la que me veía metida, por lo que deduzco de antemano que tampoco será la última –y ahora confirmo que no lo fue, en absoluto–.

En mi cabeza no podía más que preguntarme… “¿¿Qué estás haciendo con tu vida, Laura??¿¿A quién le estás consagrando tu tiempo??¿¿De qué vale todo esto??”. De ahí lo de horror vacui. Un bajón enorme… De repente nada de lo que haces tiene sentido, porque después de una noche muy mágica descubres que al tío se le puede ir el panchito y ya está, todo al garete. Puro fracaso.

Las despedidas no fueron muy amables. Tampoco tenía ganas de que lo fueran. En cuanto llegué a casa empezó a subirme la fiebre, entre otros malestares. Bienvenido sea el idioma que habla el cuerpo: que sí, que sí, que te escucho!! Pero es que…

Mil veces me he dicho que voy a dejar de hacer lo que hago.

Mil y una me he vuelto a decir que de eso nada, que no es lo que hago, que es lo que soy.

Y me encanta.

Desde entonces vivo sin cortinas.

Y no es que yo sea minimalista ni nada de eso.

Es que quiero prevenir que alguien alguna vez pueda volver a sentirse tentado por colgarse de ellas.

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Laura Delgado Carrillo

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