Espacios sagrados, lugares perversos

27/09/2018

 

A veces creo que los lugares no reciben la atención que nos merecen.

¿Hablarían las paredes si nos paráramos a escucharlas?

 

¿Por qué los lugares de culto invitan a la reflexión?
¿Por qué el circo invita a la risa?
¿Por qué un hospital produce escalofríos?
¿Y los cementerios? ¿El cine? ¿El mar?

 

Los lugares hablan, sin duda. 

Creo que de alguna manera y de forma inconsciente nos socializan con el arte no-aprendido de escuchar lo que los lugares cuentan. Nuestro ser capta de forma insaciable lo que albergan los distintos espacios, pero a veces es imposible nombrar o verbalizar lo que aquéllos nos hacen sentir porque muchas veces ni siquiera somos conscientes de ello. 

Como cuando a veces nos disgusta un lugar sin saber especialmente por qué. Como si algo en nuestra persona pudiera sentir que ahí ha pasado algo que es mejor evitar. ¿Por qué hablarán los lugares?

 

¡Se me pone la piel de gallina!

 

El caso es que la cárcel también habla. 

Lo hace incluso al estar vacía,

¿te acuerdas, Gracia? 

Es su estructura, su composición, su llanto. 

Sus paredes son como esponjas ultra absorbentes.

No digamos ya cuando presentan arañazos, golpes o escrituras;

que entonces más que ser esponjas son lienzos del sufrimiento humano. 

 

El hormigón del drama, por excelencia. 

 

Los lugares son inmunes a lo que sucede a su alrededor cuando tienen un discurso tan consolidado. 

 

Es como estar en una iglesia que, habiendo sobrevivido a una guerra, presenta infinitos balazos y cañonazos en su fachada. Ni siquiera la guerra perturba la paz que se siente en un lugar sagrado cuando se pasea por sus pasillos. Yo no soy especialmente religiosa, pero creo que no hace falta serlo para empaparse de lo que ahí dentro se respira. 

 

Los lugares se impregnan de lo que las personas que los visitan sienten.

La esperanza, la fe y el amor de quienes acuden a esos espacios puede sentirse hasta desde el agnosticismo. Es algo que penetra en el ambiente, sin más.

 

En la cárcel pasa algo parecido, sólo que pasa en un sentido inverso. 

 

La cárcel siempre es la cárcel. No importa que alguien haya podido dar a luz en el exterior, que a alguien le haya podido tocar la lotería, que se haya producido esa tan esperada reconciliación o que al fin se le haya ganado la guerra al cáncer; la alegría no llegará a permear jamás el grosor del sufrimiento que albergan esos muros. 

 

Por más alegrías que puedan existir, la cárcel siempre es la cárcel.

Las familias que semanalmente visitan a esas personas deben de saber muy bien qué es lo que estoy describiendo. 

 

La cárcel es la cárcel, se pinte como se pinte. 

Huele a cárcel, se siente como cárcel y se vive como cárcel. 

 

La cárcel es hostil desde que llegas al último desvío que debes de tomar antes de avistarla (y aquí hago un paréntesis para notar que mi estómago se ha revuelto sólo con escribir esto...!); la cárcel es inerte desde el aparcamiento; fría desde el primer control; violenta desde su primera reja. 

Mientras el discurso (no-hablado) de la cárcel sea el odio, el enfrentamiento y el rencor, 
la cárcel nunca podrá ser un lugar para la reinserción. 

 

 

 

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