El chico de los 25 años (de condena)

12/07/2018

 

Hace un par de días viví mi primera situación incómoda en prisión.

 

Se me ha ocurrido compartirla con el mundo de las redes porque, al final del día y en demasiadas ocasiones, siento que no estoy siendo del todo justa con mi mundo real, es decir, con el mundo de la “libertad”, por llamarlo de alguna manera. Creo que le dedico mucho tiempo a la realidad del intramuros y muy poco al de aquí fuera. A veces echo de menos sentarme a compartir conmigo misma las impresiones y sensaciones que recorren mi cuerpo tras la dosis de cárcel que tan a menudo me seda. En parte, creo que me gustaría dar comienzo a una especie de diario para tratar de compensar o equilibrar el tiempo que le dedico a las personas de dentro, por un lado, y el que le dedico a las de fuera, entre las que estoy.

 

Así pues, me estaba diciendo que  el pasado viernes viví mi primera situación incómoda en prisión como abogada. La coletilla de “como abogada” es importante, pues no es difícil imaginar que, como voluntaria –como mujer, incluso, por hablar con propiedad– las situaciones delicadas estuvieron a la orden del día en su momento. ¡Menos mal que una tiene habilidad suficiente como para zafarse exitosa de todas, que sino…! :D

 

Resulta que el elegido de mi día no había tenido muy buena relación con sus abogados y, siendo justa con la realidad, diré que al pobre no le faltaban motivos, porque menuda una le habían encasquetado: 25 añitos de condena, ni más ni menos. Yo le visité sin que él supiera que iba a ir, pues fue su familia la que me pidió que fuera sin haber podido avisarle después.

 

¡Qué mal rollo! El chico no me recibió con demasiado agrado que digamos, así que no le costó presentarse como el enemigo número 1 de todo abogado o abogada que quisiera entablar cualquier tipo de intercambio con él. Pronto me dijo que no acabaría bien si yo conseguía lo mismo que el último: ¡que me cogiera manía! Supongo que mi primera reacción tuvo que ser de sorpresa, porque se confió y siguió increpándome realidades que en absoluto cuadraban con mi perfil. Cuando mi cerebro pudo completar la secuencia lógica que me hizo comprender lo normal y razonable de su sentir, no pude más que echarme a reír.

 

Se quedó descolocado. Es normal que no se fiara de mí al principio, ¿por qué iba a hacerlo si va a pasar los próximos 25 años en la trena? Si nadie apostó por su derecho de defensa cuando aún tenía margen de maniobra, ¿por qué iba a interesarse alguien por él ahora, cuando un Juez ya había sentenciado que es poco menos que escoria y que su lugar está en prisión, relegado y lejos de la sociedad?

 

Pues eso; que me eché a reír. Me confié y le rompí los esquemas. Venía de un módulo de aislamiento. Estaba sancionado y bastante abatido. Se le veía. Al principio quiso ocultarlo, pero luego se dio cuenta de que no podía hacerlo. Al fin y al cabo, yo era una oportunidad de contacto, de desahogo y de comprensión. Creo que supo enseguida que no estaba dispuesta a dejarlo ir sin antes averiguar algunas de sus verdades. Por encima de todo y como siempre, me preocupaba saber cómo estaba anímicamente, cómo se sentía y cómo se encontraba. Me descubrió sensaciones muy tristes que yo ya había intuido, pero aun así no pude más que sonreírle. Empecé a expresarme abierta y confiada, ocupando el espacio de la cabina, gesticulando mucho con los brazos y las manos: quería darle a entender que no le tenía miedo y que, al contrario, había ido a verle para acompañarle en ese momento. Nada más. Sólo eso. “Estoy aquí por y para ti”.

 

Lo cierto es que estaba ahí por y para él.

 

Acabamos echándonos unas risas. Me dijo que igual dentro de 25 años podríamos tomarnos una cerveza o algo así. Le dije que nos la tomaríamos mucho antes, que quizás a los 15. ¡A los 2 si contrataba mis servicios! Se rió. He de decir que el humor juega siempre un papel único en prisión.

 

Tiene 24 años y ya lleva 4 entalegado.

 

Siguiendo con las bromas, me pidió que le hiciera de Celestina; que le buscara una chica con la que poder cartearse y hasta formar una familia. Le dije que no se preocupara, que si las prefería rubias o morenas; que también podía elegir su altura, su peso y el color de sus ojos. De nuevo volvió a reírse.

 

Y poco a poco fue rompiendo la barrera de la desconfianza, que al fin y al cabo no es más que el instinto de conservación haciendo de las suyas. Poco a poco cambió su expresión para acabar pidiéndome que, por favor, volviera pronto. No dejé de sonreírle en ningún momento, ¿qué iba a hacer?

 

Supe una vez más que he nacido para esto y, aunque saliera satisfecha y sonriendo del encuentro, nada más subir al coche para emprender mi viaje de vuelta a casa, sus 25 años de condena me pesaron hasta lo inimaginable.

 

Veinticinco años.

 

Y todavía habrá quien crea en la cárcel.  

 

     

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