Doce de espadas

10/05/2019

 

 

Nada podía hacerme sospechar que la noticia que iban a darme el pasado 25 de abril al descolgar el teléfono iba a ser la de tu muerte, Pastora. Estaba acabando de recoger unas cosas para salir de casa por la mañana

cuando de repente…

 

- ¿No te has enterado…?
- ¿Qué? ¿De qué? No, ¿qué pasa?
- Hostia, que me va a tocar decírtelo a mí…

 

“¿¡¿Qué pasa?!?”

 

Por esas ya sabía que lo que venía a continuación iba a ser difícil de digerir.
Su voz le delataba. Menuda faena la de tener que dar una noticia así.
Al poco rato yo misma viviría esa situación con la que fuera su hermana…

“Ha muerto Pastora”

__________________________________

 

Sólo han pasado dos semanas desde que te fuiste, pero de alguna manera mi mente me tiene engañada y me hace creer que toda eternidad es poca al lado de tu ausencia.

 

Me consta que los presos también han llorado tu muerte.

 

Supe que quería escribirte desde el momento en que me dieron LA noticia, pero sabía también que no iba a ser capaz de hacerlo hasta que no pasaran esos primeros días de (mucho-Mucho-MUCHO) recordar-te/nos. No eras tú alguien que quisiera vernos llorar en el momento de tu despedida, así que no me ha quedado otra que la de amordazarme los dedos para respetar tu voluntad.

 

Si quiero ser totalmente sincera, he de reconocer que en absoluto siento que hayas muerto. Habrá quien crea que lo digo porque no quiero aceptar o asumir la realidad, pero eso no es así; de verdad que no. A veces me basta con mirar al cielo para sentir que se me eriza el cuerpo. Me suele pasar lo mismo cuando hablo de ti y, de verdad, a veces y siempre sé que eres la razón de esos pelos de punta sinsentido. Eras nuestra meiga favorita, Pastora; ésa que removía los sentires y las almas con solo abrir la boca.

 

A menudo recuerdo el día que te conocí y a menudo recuerdo también lo mucho que te gustaron las rosas que llevé para las mamás. Yo llevaba poco más de un año por estas casas –del terror– y hacía ya unos meses que no me creía el bulo de la reinserción. Por entonces no tenía en mente siquiera lo de titularme como abogada, pero ya me había zampado un buen número de libros sobre la realidad que narraban los presos.

 

Tenía muchas ganas de conocerte y lo único que lamentaba era no haber podido hacerlo antes. Aun así, sé que los tiempos del universo nunca (NUNCA) fallan y que, al final, todo acaba pasando cuando tiene que pasar.

 

Nunca imaginé –hubiera sido impensable hacerlo..!!– que más pronto que tarde acabaríamos siendo vecinas. Qué suerte tuve, Pastora, de verdad; ¿¿cómo dejar que el dolor por tu pérdida supere la euforia que me invade si pienso en la oportunidad que la vida me dio al juntarme contigo?? Eras espectacular, Pastora; la mujer a la que un día me quiero parecer –pero sin los rollitos esos raros que te gastabas y que ahora me hacen sonreír hasta la extenuación…!!–. Admirarte era TAN jodidamente fácil, que no me extraña ni un poco que tanta y tanta gente fuera a verte el día de tu no-despedida.

 

A mí me encantaba aquello de salir a pasear sin saber si nos encontraríamos por ahí, por el Mercado o por la Ramallosa. Me encantaba que de repente llamaras porque habías hecho de comer para todos. Anda que no te gustaba cebarnos…!! Recuerdo especialmente unas filloas con miel y, por supuesto, como no podría ser de otra manera, el infinito queso de tetilla. Nunca se acababa y siempre había más. Da igual que quisieras comer mucho para que se finiquitara y dejaran de ofrecerte, siempre había más. Yo creo que se reproducía solo mientras nadie lo miraba porque si no, no lo entiendo.

 

De repente estaba contigo y Pombo da Silva en casa de Pilar –y aquí hago un paréntesis para notar la incredulidad que me ha recorrido el cuerpo al escribir esto–. ¿¿Qué habré hecho yo en la vida para merecer ser acreedora de tan inmejorable compañía?? Es como si de repente una “belieber” aterrizara en Beverly Hills de casualidad para acabar haciendo migas con Justin Bieber –y no sé en qué momento este personaje tiene cabida en mi blog–.

 

Así de grande era mi admiración, por más que a mí

no se me cayeran las bragas.    

 

El caso es que Pastora fue para mí un antes y un después en esta movida de las cárceles y, por más que ella siempre dijera que sólo había ido a la escuela dos años –de ahí las patadas que le pegaba al diccionario, ésas que tanto nos sacaban la sonrisa y que tanto nos llenaban de amor y de ternura–, para mí es una mujer icono y referente que poco o nada tiene que envidiarle a

Concepción Arenal o Victoria Kent.

 

Mujeres en mundos de hombres.

Mujeres ejemplares, valientes y coraje.

 

Recuerdo la última vez que hablamos.

 

“Pastora, me siento muy chiquitita y estoy perdida, no sé qué hacer”

 

Y entonces siempre acertabas. Solías acabar con alguna de esas fórmulas de meiga tipo “ponsalenunvasodeaguaycolócaloenblablablá”,

pero era algo maravilloso.

 

Recuerdo también la última vez que estuviste en mi casa. Fue el 14 de julio del 2018 –un día que acabaría siendo muy importante para mí, por más que por aquel entonces yo aún no lo supiera (y no precisamente por la toma de la Bastilla del 89, que también…!!)–. Me puse a limpiar a conciencia antes de tu llegada (pero A CONCIENCIA) porque hacía no mucho había acogido a unos presos que habían acabado peleándose en el salón. No quería que quedara ni un ápice de mal rollo en el aire pero tampoco quería que sintieras mi hogar como un sitio aséptico, así que imagínate el dilema.

 

Me encantó tenerte aquí. Me encantó volver a compartir hogar durante un rato después de tantos y tantos meses de no hacerlo. No me encantó tanto encontrar una salamandra muerta nada más cerrar la puerta (eeehhh… ¿¿hola??), pero me dijiste que esos bichitos eran la mar de simpáticos y que no podían significar más que buenas cosas.

 

Me encantó que la negra se acordara aún de ti. Alguna que otra vez me la cuidaste mientras yo estaba por ahí de viaje.

 

También te gustaba cebar a la gata, que yo lo sé. 

 

Siempre me decías que era un animal muy especial para mí, que me hacía mucho bien estar con ella y que no era casualidad que no hubiera querido darla en adopción pese a haber tenido infinidad de veces a

peluditos en acogida.

 

Después de tu partida, Pastora, una langosta adoptó la cristalera de mi habitación para quedarse a vivir en ella durante casi una semana.

 

“Las langostas traen buena suerte” –me decías.
“¿No ves que no pueden más que ir hacia adelante, que

no pueden andar hacia atrás?”

 

Eras una persona realmente mágica. Eras y eres, porque algo me dice que sigues estando aquí a cada letra que tecleo.

 

Recuerdo con especial cariño aquel momento en el que te sentaste a echarme las cartas; unas distintas de las que luego me regalarías la última vez que nos vimos (el día de mi cumpleaños...!!). Por alguna extraña razón quisiste hacerlo casi desde el mismo día en que nos conocimos, pero mira tú por dónde, la cosa no tuvo que ser y no fue hasta aquel 14 de julio en la intimidad de mi casa. Recuerdo ponerme muy nerviosa por la intensidad de las sensaciones que cargaron el ambiente. Recuerdo que llorabas antes de poder explicarme siquiera qué estaba pasando.

 

Recuerdo aquel doce de espadas y mi séquito de reyes siempre omnipresente.

 

Recuerdo todas y cada una de las cosas que me dijiste, como también recuerdo la promesa que te hice yo a ti. Te lo prometí, Pastora.

Te lo prometí y te lo vuelvo a prometer.

De aquí al cielo.

 

**Amenazan las lágrimas; mejor será que me tome un respiro.

_____________________________________________________________________________

 

La cosa es que habrá quien diga que nos has dejado huérfanos, Pastora, pero más huérfanos seríamos de no haberte tenido nunca. Estar a tu lado ha sido un continuo empape de fuerza, vitalidad y motivación. Zésar (con Z) supo calcarte de forma justa hace unos días hasta donde las palabras lo permiten –y siempre (SIEMPRE) se quedan cortas cuando se trata de hablar de ti–. Ya lo decía él, “la persona más maravillosa del mundo”.

 

Para mí, Pastora era (y es) todo lo que las personas deberíamos aspirar a ser.
Virtud eterna. Era y es virtud eterna. Era y es amor.  

 

Al fin estás con tu amado hijo, Pastora.
Al fin dejaste de sufrir.

 

No puedo lamentar algo así, sino más bien dar las gracias, las Gracias y las

GRACIAS por todo lo que pude compartir contigo.

 

Madre, hija, amiga y compañera.


Que la tierra te sea leve.
Que la tierra te sea leve y que puedas repartir por ahí arriba tantos besos y abrazos como vidas se apagaron entre rejas.

 

Aquí abajo intentaremos poner en práctica todas y cada una de las lecciones de amor que nos diste y, por supuesto y sobre todo, no dejaremos que muera la lucha que hiciste tuya porque ése es el único homenaje que podemos rendirte.

 

Con todo mi amor al cielo.

Te quiero.


Descansa en paz.

 

Pastora Dominga González Vieites
11-8-1948 | 25-4-2019

 

 



 

 

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