Entre plata y aluminio de primera ley

07/03/2019

 

Cuando entro en una cocina que no tiene papel de plata,

sencillamente me pongo a temblar.

 

No lo puedo evitar, de verdad, me sale solo. El miedo se me escapa por las yemas de los dedos. No sé qué es lo que me pasa, pero no puedo controlarlo. Como si a veces el cuerpo fuera capaz de decir cosas que la mente no quiere entender o como si, qué sé yo, como si a veces confabulásemos sin querer por nuestra propia destrucción.

 

Menuda romántica estoy hecha.

 

El caso es que cuando entro en una cocina que no tiene papel de plata, me pongo a temblar, empiezo a sudar, se me pone cara de perro y, silenciosa pero tortuosamente, me convierto en una presa fácil –de la ansiedad, la angustia, la agonía y blablablá–. Puede que en ese momento no haya papel de aluminio porque justo se ha acabado o porque nadie se ha acordado de volver a reponerlo pese a llevar meses diciéndose eso de “la próxima vez que vaya a comprar, ¡que no se me olvide el papel albal!”. Puede que hasta sea verdad eso de que en casa no lo usan porque están muy concienciados con el medio ambiente, pero a mí lo que se me ocurre de forma hegemónica en ese momento es que las drogas han vuelto a hacer de las suyas.

 

“Hola, estuve aquí” – parece susurrarme Su Majestad.

 

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