El Minimor de Orwell

06/12/2018

 

“El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había estado dentro del Minimor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar allí a no ser por un asunto oficial y en ese caso había que pasar por un laberinto de caminos rodeados de alambre espinoso, puertas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas extremas, estaban muy vigiladas por guardias, con cara de gorila y uniformes negros, armados con porras”.

 

1984 – George Orwell

 

 

Ahora que lo pienso, puede que el Minimor de Orwell fuera el propio presidio, ¿no? No recuerdo al detalle el final de la novela, pero sí tengo grabada la imagen de la máscara de ratas. El Minimor era un lugar de castigo, de corrección y de sometimiento (¿...de reinserción?). Era un lugar que daba miedo y que te removía las tripas hasta la saciedad por motivos de interés general. 

 

El Minimor era la cárcel, sin ninguna duda.


Terrorífico y sin ventanas, ¡vaya!
Aquí dirían que haberlas-haylas, pero ello sería poco menos que un insulto a la inteligencia, cuando no a la especie humana (y aquí se me ha venido a la cabeza el espantosísimo CIE de Aluche, con sus opacas no-ventanas metálicas de color azul). En prisión pueden presumir de tener rejas en vez de placas, pero ello no las convierte en aptas para mostrar más que estepa, si acaso puede darse el caso. Mayormente no dan más que a las omnipresentes rejas, a los muros y, en definitiva, al tono grisáceo que tiñe, viste y disfraza lo que algunos hacen llamar reinserción.

 

A ver qué más se cuenta el tío Orwell:

¿Camino rodeados de alambre espinoso?

¿Puertas de acero?

¿Nidos de ametralladoras?

 

¡Vaya!
Pausa.

 

Probablemente esto último pudiera disipar cualquier sospecha o posibilidad de analogía, pero a mí personalmente se me ocurre poca metralla que pueda ser peor que la de haber burocratizado hasta lo infame cuestiones tan sencillas y elementales como las de

 

Recibir un paquete

Hacer una llamada

Abrazar a un ser querido

Dejar ciego al cíclope, perpetuar la especie

O ir al médico

entre una infinidad de cosas más.

 

Eso es lo que yo siempre he considerado Tortura Blanca.
En mayúsculas por propia, concisa y concreta; sin que lo de Blanca le quite peso, sentido o significado a lo de Tortura. 

Cuando se trata de algo tan grave, impera el daltonismo.

Poco importan los colores si al final lo que resulta es una persona destruida.

Poco importan los apellidos si no se pierde de vista que por más que la mona se vista de seda, mona se queda.

 

Cosas que en la calle son nada, en prisión son una Odisea que no tiene nada que envidiarle a la de Homero. Papeles, instancias, autorizaciones, certificados, partes, citas, informes, calendarios, me-quedo-sin-palabras-para-seguir-enumerando-el-sindios-de-los-papeles… ¡menudo lío!

 

¿No será que lo complicamos todo mucho más de la cuenta?

...o que olvidamos los índices de analfabetismo en prisión, vaya.

 

Tortura Blanca que no por ser Blanca es menos Tortura.

Como en el Minimor, que hasta podían hacerte creer que en realidad te estaban haciendo el favor de tu vida.

 

 

Total, si estás en prisión y quieres recibir un paquete:

 

Tienes que autorizar por escrito a la persona que vaya a llevártelo. Tienen que tener todos sus datos de manera imperativa, pero no con ello basta. Lo más seguro es que tenga que llamar antes (una, dos, tres o las veces que se precisen para poder dar con alguien humano al otro lado del auricular) con el ánimo de averiguar qué fines de semana son los que se corresponden con cada uno de los módulos del centro. Fuera de las fechas preestablecidas, la negativa está servida. Es mucho lío.

 

Otra cosa muy importante es enterarse bien de qué tipo de paquete puede meterse en esa cárcel, porque lo que en una puede ser una mera bolsa de Mercadona, en otra debe ser una bolsa de rafia a cuadros con cremallera y sin dobles fondos. Que te acepten un paquete que no se ajuste a las normas, por más que en cualquier otro centro te hubiera podido valer, es poco menos que un favor personal. ¡Qué desesperación la de meterse en el cuerpo cientos y cientos de kilómetros para que luego te digan que no aceptan ese tipo de paquete! Lamentablemente, esto es algo que he visto en más de una, de dos y de tres ocasiones. También en más de cuatro, de cinco y de seis, pero no quiero parecer repetitiva. 

 

El peso, el número de prendas, el color de la ropa... Hay que cuidar y medir al detalle todo lo que se mete, porque introducir más de dos paquetes al mes (incluyendo el que lleva el preso al regresar de permiso, si es que sale) es casi que compasivo.

 

Para poder introducir cualquier otra chorrada particular que no sea ropa, es preceptiva la previa y expresa petición escrita al Director, por más que ello no sea garantía de vayan a autorizarte nada. Eso es algo que saben muchos de los presos, pero especialmente los de aislamiento. ¿Cuántas veces no les habrán denegado hasta un paquete de ceras de colores para alegrar las cartas que envían? Siempre es cuestión de las SS: ¡la Sacrosanta Seguridad!

 

 

Si estás en prisión y quieres hacer una llamada:


Lo fundamental es tener a alguien a quien llamar, por más tontería que pueda parecer. No son ni dos, ni tres, las personas que no cuentan más que consigo mismas para valerse y desvalerse por ese inframundo de roeadores. 

 

En caso de tener un objetivo al que llamar, lo que hay que tener es dinero, peculio, tarjetas o algo con lo que poder trapichear. Telefónica no va nada barato en la cárcel, por más que en la calle tenga acérrimos y fieles seguidores debido a no-sé-muy-bien-qué. Tiene un monopolio plenamente rentable para sajar y abusar de quienes menos tienen. Manga ancha, ¿a quién le iba a importar?

 

Más allá de que en el 2004 la compañía implantara un sistema muy novedoso de gestión y control de llamadas por el bien de la infalible “seguridad”, lo cierto es que con él se puso fin a la posibilidad de hacer llamadas a cobro revertido y, por ende, a las facilidades con que en ese sentido podían contar quienes menos o nada tenían. Menos mal que, en su lugar, la compañía pudo celebrar la llegada de unas carísimas tarjetas de prepago para engrosar sus abundantes beneficios (y aquí estoy siendo irónica).

 

¿Cómo es posible que los 50 minutos de llamada semanal (quien los tenga) les cueste más que todo mi mes de tarifa plana con datos e internet? ¿Puede abusarse más de quienes ya están excluidos? Luego habrá quien se extrañe de que se peten el recto (o de que unten a cualquier prestado) para tener teléfonos de contrabando; pero... ¿cómo no iban a hacerlo? Además de ganar en tiempo de llamada con reducción de costes, lo pueden emplear como moneda de cambio para los trapis…!! ¿Por qué no se autoriza de una vez el uso del móvil en prisión si de todas maneras van a seguir entrando? Si no los meten ellos, habrá alguien que se los meta.

 

La ética, por suerte para unos y por desgracia para otros, se vende bien barata.

 

¿A quién quieren convencer con lo de la seguridad cuando se trata de llamar? Más valdría buscar alternativas que seguir jugando a fingirse infranqueable, ¿no? Tendría más sentido para todo el mundo: para el preso, la familia, la Constitución y... ¡la propia institución! ¿No será mejor no inducirles el estado nervioso o de ansiedad permitiéndoles mayor contacto con los suyos?

 

Aun así, me estoy yendo por las ramas. Aquí la cosa trataba de evidenciar lo infame de la burocracia. En este caso, para que alguien te pueda llamar desde prisión, lo impepinable es hacerle llegar tus papeles.

Sin factura no hay llamada; así que, si no te fichan antes, olvídate.

 

Olvídate también de que las llamadas puedan hacerse en sentido inverso, esto es, de intentar ser tú quien le llame. La cárcel sólo está para las llamadas salientes, no para las entrantes. Debe de ser que no son lo suficientemente dignos para ello o, qué sé yo, una mera manera más de hacerles creer que son escoria, que no le importan a nadie.

 

Esto para mí es una gran mentira, pero sin gran dificultad puede no serlo para el que se siente olvidado. 

 

El caso es que por más mentira que eso pueda ser, no hay forma humana de contactarles con inmediatez. Menos mal que siempre nos quedará correos, a lo siglo pasado, pero las cartas tienen de inmediatez lo que yo de Sancho Panza.

Son bonitas, románticas y muy esperanzadoras, pero no son nada inmediatas. Para las prisas o la urgencia, no queda más que obsesionarse con que el teléfono suene.

 

Aún hay quien me pregunta en la calle si tienen acceso al correo electrónico.

Ojalá. Deberían. ¿Por qué no?

 

 

Abrazar a un ser querido:


Esto es algo que me destroza por dentro como pocas otras cosas, la verdad. Me entristece y me enfada a partes iguales, como cuando tantas y tantas otras veces. Es una montaña rusa de sensaciones. La espera se eterniza y el paso del tiempo acaba siendo poco menos que una broma de mal gusto, pero cuando llega el momento de vencer al cristal (un momento de euforia tal que hasta te hace creer que la espera ha valido la pena, olvidando por momentos lo inhumano del conjunto), la alegría vuelve a sucumbirte antes incluso de que puedas suspirar. Dos horas de abrazo al mes, por más vida que hayáis podido compartir. Ciento veinte minutos que acaban casi antes de empezar, y así hasta el próximo mes para repetir la historia. Por más que hablemos de tu madre, tu hijo, tu pareja o tu lo-que-sea; no vas a contar más que con esas dos miserables/revitalizantes horas. Ojalá lleguen pronto los permisos, pero hay tanto odio en nuestra sociedad que los jueces que se atreven a concederlos conforme a la ley (al 1/4 de la condena) son escasos, cuando no rara avis.

 

La gente cree que la cárcel deja de serlo si no se sufre mucho y por mucho tiempo. La gente está fatal. Lo mismo creen que las condenas son eternas y que ese mal que están produciendo con su pensar no retornará jamás a las calles.

 

Hay que ser imbécil.

Me encoleriza tanto, que hasta paso. 

Paso como del cristal, que es mi archienemigo por excelencia.

 

 

Dejar ciego al cíclope, perpetuar la especie:


Más de lo mismo, sólo que aún peor. Llegados a este punto, me da hasta pereza relatar la sucesión burocrática que tienen que observar para poder echar un polvo. La institución te pide hasta antigüedad si quieres echar el rato. Con menos de seis meses demostrables de relación, el asunto se torna complicado. Debe de ser que uno no puede estar por ahí cambiando de pichuli como si nada; menos aún si lo que pretendes es compartir tu sexualidad. ¿Retozar sin antes haber superado un periodo de carencia de seis meses? ¡Qué vergüenza! ¡Por favor! Eso es algo que sólo se le ocurriría a un ser inmoral. 

 

La institución penitenciaria es casta y pura; y eso teniendo pareja, claro, porque si no la tienes, te puedes ir olvidando de toda clase de encuentro (salvo el furtivo que pueda darse en prisión, incluso con los propios funcionarios). En líneas generales, aun así, yo tengo la impresión de que lo casual y la prisión son mundos más bien incompatibles. La prostitución tampoco suele ser una opción. No la que conocemos aquí fuera, vaya; porque eso de tener que estar seis meses de paripé para dos horas de prisas… no sé yo hasta qué punto saldría rentable. En cuanto a la de ahí dentro, en fin.

 

Es un fenómeno multifactorial.

 

 

Ir al médico:


Si entras en prisión con necesidades médicas especiales, no puedo más que sentirlo mucho. De veras, lo lamento. Ármate de coraje y de paciencia, porque aquí nunca-se-sabe.

 

Si el preso lleva siempre las de perder, el preso enfermo lleva las de empeorar.    

 

 En cuanto a lo de las salidas extremas y los guardias “con cara de gorila y uniformes negros, armados con porras”, no voy a hacer ningún comentario. Me he extendido más de lo que tenía previsto, así que…

¿qué mejor excusa que ello para dejarlo aquí?

 

Ojalá algún día sea imposible entrar allí, tal y como relataba Orwell.

La cárcel es el Ministerio del Amor.  

 

La cárcel es el Minimor. 

 

 

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