Besos y abrazos al cielo

01/11/2018

 

Nunca una crema de verduras pudo haber dado tanto de sí.

 

He perdido la cuenta de las veces que me he sentado a escribir lo que desde hace unos días me ronda la piel. Me siento como inquieta, emocionada, nerviosa o qué sé yo. Sé que empezar es siempre lo más difícil, pero es que hay cosas que lo son de inicio a fin. Puede que ésta sea una de ellas, sólo que sin el “puede”. Estoy completamente convencida de que ésta es una de ellas.

 

A veces releo las cosas que escribo y me estremezco por dentro. Me descubro compartiendo sensaciones que me vuelven a conmover, que me transportan al momento de, que recrean realidades que entiendo totalmente ajenas a lo común. A veces (en verdad, casi siempre) me leo con la sensación de haber podido escribir aquello con alegría y fluidez, casi con facilidad, incluso; como si aquello hubiera sido fruto de una especie de piloto automático o como si, qué sé yo, como si no hubiera hecho más que seguir un dictado. Si éste es un lugar apropiado para confesarse, entonces diré que lo cierto es que nunca (NUNCA) me resulta nada fácil ordenar en mis adentros las cronologías y emociones de las cosas que comparto para escribirlas. Cuanto más me arañan el alma, más me cuesta retratarlas. Cuanto más me duelen, más me cuesta nombrarlas; porque al final no existe más que lo que se ve, se dice, se escucha o se siente.

 

La cárcel no suele ser algo que exista a día de hoy.

Eso lo sé yo, pero también cualquiera.  

 

Por suerte o por desgracia (puede que incluso por des-suerte), no he podido acostumbrarme aún a las alertas que siente mi cuerpo cada vez que los caprichos del azar me enfrentan a eso que yo vivo como odiosas injusticias (y aquí hago un paréntesis para esperar de esa mi sensibilidad, por favor, que no desaparezca nunca; que no deje jamás de hacerme humana, por más desgarrador que eso pueda ser para el alma). De utopías también se vive y quizás ésa pueda ser la única idea que ha permanecido inalterada en mi pensamiento desde que inicié mis andanzas en esto de las cloacas.  

 

A veces puedo pasar horas y horas delante del teclado dándole vueltas a,

pero eso no es garantía de nada. Decía que he perdido la cuenta de las que he podido invertir mirando Esos ojos.

 

Esos que ya no son y que se han llevado consigo lo que se intuía una sonrisa.

 

Si pienso en la cantidad de cadáveres que escupen
nuestras prisiones día a día...
Se me hace un nudo en el estómago.
Se me contrae la garganta.
Se me enfrían las manos.
Me tiemblan las piernas.
Se me empapan los ojos.
Se me pudre el corazón.
Se me solla el alma.  

 

Me entran los siete males. Literalmente.

 

Creo que necesito una **PAUSA-CaféConCaña-ArrumacoFelino.
 

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La cuestión es que hace unos días me invité a comer a casa de una de mis Familias (¡siempre con el posesivo!). La conversación fue tal que así:

 

“Oye! Mañana tengo que ir a Aranjuez y tú vives cerquita de allí; ¿puedo invitarme a comer con vosotros? Hace mucho que no nos vemos!” – cara angelical y chiribitas en los ojos inclusive, por más que no se vieran a través del teléfono (quizás la dulce voz también hubiera podido hacer lo suyo, que eso sí pudo llegarle a la receptora).
“Claro! Ya sabes que ésta es tu casa, Laura” – se ríe.
“Vale, pero yo no como chicha y tengo que ir a mesa puesta;
que a las 16’30h -17h quiero estar en el talego”
– suelto con desparpajo y mucho morro del alegre.
“No te preocupes, estará todo listo para cuando lleguéis!” – se sigue riendo.
“Llegaremos sobre las 15’30h! Qué ganas tengo de veros, hasta mañana!” – me despido.

 

Por supuesto, no me invité sola al convite porque en esto de la sinvergonzonería tengo buenos cómplices, si acaso no el mejor.

Dios los cría y ellos se juntan, que nos dirían desde Albocàsser.

Un imprescindible al que le mando un guiño desde estas líneas.

 

[A ti, mi siempre omnipresente, gracias infinitas por todo]

 

Acordamos vernos cuando yo saliera de ir a consultar el expediente de una multa que me pusieron el 28/10/2017 por aparcar en la T4 de Barajas el día que expulsaron a uno de mis presos (quizás alguien se acuerde de ello porque también lo compartí por aquí…!!). Por consuelo para mi precaria economía, me dijeron que me habían estimado el recurso que interpuse, así que… ¡genial! ¡Una multa menos!

 

“Acabo de salir y… ¡la mar de contenta! ¿Te recojo ya? ¿Voy para allá?”
“Venga, chulita, vente ya para aquí que yo a las 2 estoy como un clavo en la puerta”
– me espeta con su inconfundible acento.

 

Entre unas y otras cosas, llegamos a la barriada de las rosas sobre las 15’15h. Fuimos todo el camino bromeando y con las risas que ya son costumbre.

No dejamos de trabajar en un cuadrante óptimo para convenir más comilonas de acople.

 

“No veas si tenemos morro!”

 

Me río bastante con eso, pero en verdad es algo en lo que pienso con cierta asiduidad. No sé muy bien por qué, pero en general tengo una destacable facilidad para permitirme preguntar cosas que el común de los mortales preferiría evitar. Algo así como la curiosidad que mató al gato, sólo que llevada a lo extremo y a lo políticamente incorrecto. Supongo que soy lo suficientemente cristalina como para que mi inocencia o ingenuidad se puedan averiguar en todo momento…?? No sé. 

 

De eso escribiré otro día, que me voy por los cerros de Úbeda.

 

Lo importante ahora es que, decía, por fin llegamos a la barriada de las rosas. Creo que yo estaba hasta un poco nerviosa cuando nos vimos delante del portón de su casa. Muchos hogares me han abierto sus puertas a lo largo de estos años para compartir momentos que recuerdo con gran cariño (y no tengo palabras que me permitan expresar la gratitud que siento al respecto por todas esas Familias), pero, si la memoria no me falla, creo que ésta era la primera vez que me abrían las puertas de un sitio cuya cicatriz penitenciaria no era otra que la de una perpetua ausencia.

 

Ya la noche de antes estuve dándole vueltas al tema.

 

El hogar… ¿no representa nuestra intimidad, nuestro remanso de paz?
Es el lugar donde reímos, lloramos, soñamos, amamos.
Y esta Familia… Me va a abrir sus puertas por alguien que ya no está.
Pero… ¿Por qué…? ¿Con qué derecho puedo ir yo a…?
Me desborda sentirme tan en mi sitio, haciendo lo que creo tengo que hacer.
Siento una gran responsabilidad, la verdad.
La suficiente como para sentir también Ese temor.
El de la decepción, el defraude o qué sé yo.

 

Ladra un perro más feo que pegarle a un anciano, pero casi de forma automática siento un extraño cariño por él. No sé muy bien qué relación tendrían él y Luis, pero en mi mente se suceden imágenes de lo que aquel bicho horrible podría haber sido para quien ya no está. Imaginé carantoñas, juegos de pelota y hasta alguna regañina. Yo no pude conocer nunca al Hijo y Hermano que ahora siento tan cercano, pero seguro que el cuatro-patas también lo echa de menos. Seguro que intentaría mover la colita que no tiene si de repente pudiera aparecer, aunque solo fuera por un segundo.

 

En compañía de su Hermano (que al parecer es uno de mis futuros maridos), atravesamos un patio en el que no puedo dejar de imaginar los incontables recuerdos que desconozco, pero que de alguna manera me devuelven a mi propia familia. Los domingos de barbacoa, las muchas personas que hablan y ríen a la vez, los alborotos de los más pequeños corriendo alrededor de la mesa, las noches al aire libre… Lo habitual en una familia, vaya.

Algo dentro de mí se va estremeciendo a medida que nos acercamos a la puerta, donde nos espera su Madre. Aquella familia podría haber sido perfectamente la mía o la de cualquier otra persona, sólo que en ella hay alguien que ya no es.

 

Ése fue un pensamiento que no me abandonó en ningún momento mientras estuve allí.

 

Nada más entrar, vi su foto en lo alto a la derecha. Sin duda es el Guardián de la casa, el que la inunda y la hace rebosar de amor con esa su sonrisa, que en ese momento se me presenta como lo más bonito que pueda existir en el mundo. Mi instinto me lleva la mano al pecho mientras le miro.

En silencio y para mí, le pido permiso para entrar, pues al final si estoy ahí es por él y por nadie más. En silencio y para mí, creo mantener con él una conversación de gratitud, respeto y cariño.

Le rindo homenaje devolviéndole la sonrisa que él ofrece.

 

Estoy en el remanso de paz de alguien que ya no es.
Estoy en el lugar de duelo de las personas que más lo quieren.
Estoy en el lugar en el que él mismo debería estar.
¡Qué mareo, dios mío!

 

Entro en la cocina y la veo cuajando una tortilla de patatas que
tiene una pinta exquisita.

 

“Madreee! Qué bien huele!” – sonrío, como siempre.

 

Empieza a enseñarme infinitas ollas de regimiento llenas de comida para la ocasión. Yo no sé la de quilos que habría allí de crema de verduras, de pisto y de todo, pero es evidente que el instinto de madre lo tiene ahí. Aún se pregunta si no habrá hecho poca comida.

 

“Aquí no pasáis hambre, desde luego!”

 

Nos sentamos a comer con su Hermano y su Madre. Mi cabeza no hace más que rescatar momentos que desconoce. Me da por pensar en todas las fases por las que habrán tenido que pasar sin poder llegar ni a imaginarme el calvario que eso ha tenido que ser; y eso sin perder de vista lo que él mismo tuvo que haber vivido entre el frío hormigón antes de despedirse de su aliento.

 

¿Cómo les darían la noticia?

 

Recuerdo la mañana en que los Nacionales me despertaron para decirme aquello de… “¿Conoces a…? Pues ha muerto en circunstancias extrañas. Venimos a hacerte unas preguntas”. Ahora pienso que tenían el tacto en el mismísimo orto, por más que en aquel momento el shock no me permitiera hacer valoraciones. Si la gente en general no está nada preparada para afrontar las malas noticias, menos lo está aún para transmitirlas.

 

En fin, mientras comemos llega su Hermana. La Familia está casi al completo y yo no puedo dejar de tener la sensación de estar viviendo todo un privilegio.

Estoy segura de que mi inseparable también.

 

Cuando la gente humana se junta, el aire se carga de. De amor y buenas vibraciones, supongo. Creo que en todo el rato que estuvimos allí no se hizo el silencio en ningún momento, aunque, considerando lo mucho que les gusta darle a la sinhueso a los protagonistas de la mesa, tampoco es de extrañar.

 

Me fascina sentir las risas de esas personas bajo la perpetua mirada de Luis. Como si ésa fuera la forma de devolverle a la vida que ya no tiene.
Yo estoy convencida de que lo es porque así lo pude sentir mientras comíamos.
Tan presente y tan con nosotros, que hasta podríamos haberle abrazado si no hubiera sido de mala educación levantarse de la mesa a medio comer.

 

En mis adentros se suceden infinitos contrastes, por más que en ese momento me sienta radiante por la oportunidad de compartir Ese maravilloso espacio con Esas maravillosas personas. El duelo es algo muy personal, pero creo que unos denominadores comunes sí que debe de tener para todas o casi todas las personas que se ven forzadas a sufrirlo.    

 

Pienso en la ansiedad, la tristeza, la desidia,
la impotencia, el cansancio y el llanto del silencio, entre otras muchas cosas.
Pienso en las pastillas, el odio y el mal.

Pienso en las horas, los días, las semanas, los meses, los años;
como si el paso del tiempo en sí fuera ahora la nueva forma de condena.

Una que ya no paga Luis, pero sí todos los demás. 
 
Pienso en la injusticia, en la incomprensión, en la impunidad, en la cárcel.

 

Pienso que nadie que entre a cumplir condena

debería hacerlo con miedo a morir allí.


Pienso que es tremendamente miserable que cada dos días se nos siga muriendo una persona entre rejas. Estoy convencida de que muchas de esas muertes se evitarían si la ley se cumpliera.


Estoy convencida también de que es del todo intolerable que alguien entre a cumplir 2, 6, 17 o 23 años de prisión (el motivo es lo de menos, o al menos no es lo de más) y que no consiga salir de allí jamás más que en la caja de pino y con los pies por delante.


Pienso que la sociedad es cómplice de que esas muertes se produzcan.
Pienso que es algo que no le importa a nadie

y que a mí me importa mucho.

Pienso en las madres y en el consuelo que nunca hallarán.

 

“¿Queréis postre?”
“Uff, qué va, gracias; si como algo más reviento, estaba todo buenísimo!”

 

Nos sentamos fuera para acabar de tomarnos el café.

 

He perdido de vista Esa mirada, pero no la sensación de seguir estando bajo su cuidado. El perro aprovecha para hacerse con nuestra atención y la Madre hace las veces para emparejarme con su hijo.

 

“Te digo que es un partidazo, míralo, no hay más que verlo, mi niño guapo!”
“Ay, por favor! Dile algo a tu Madre que me muero de vergüenza!”
– debo de estar como un tomate.

 

No sé qué tienen las madres con lo de querer emparejarme con sus hijos, pero… ¡Qué vergüenza! Qué vergüenza… y qué halago;

porque son personas verdaderamente estupendas.

 

Aun así, creo que yo en ese momento me siento profundamente enamorada de la persona que me ha llevado a estar ahí.

En verdad no tuve la suerte de poder conocerle,

pero lo quiero sin un ápice de duda.

Sin que exista margen de error. 

 

A veces me dan inexplicables arrebatos de amor por quienes ya no están.
No sé muy bien por qué me pasa, pero puedo sumirme en un drama yo sola sin necesidad de conocer a quienes me hacen sentir así.

Ni a ellos, ni a sus familias. No necesito conocerles. 

Sencillamente les quiero, sin más.

 

No sé qué habrá sido de sus esencias, sus valores, sus conciencias o sus almas, pero si me paro a pensar en quienes dejaron de respirar estando en prisión, cuando en verdad tendrían que haberlo hecho (o no!) rodeados del amor de su familia, me embriaga Esa sensación.

Ésa que no puedo explicar.

 

La de la paz que por fin encontraron, supongo.
Ésa que la sociedad les impidió sentir cuando sus órganos se apagaban.

 

 

 NI UNA MUERTE MÁS.

 

 

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