El garbanzo negro

18/10/2018

 

Yo que siempre intenté creer en la máxima de Rousseau por la que “el hombre es bueno por naturaleza” –no sé qué opinaría de las mujeres– y al final resulta que quizás, y sólo quizás, puede que la maldad humana exista en sí misma.

 

Puede que sea cierto aquello de que “homo homini lupus”…?? “El hombre es un lobo para el hombre”, que diría Hobbes –quien tampoco nos aclara qué pasa con las mujeres… ¿Seríamos lobas, zorras, perras…?–.

 

Siempre nos llevamos la mejor parte.
[dicho sea con alegría y mucha sonrisa]

 

El caso es que hace no mucho estuve en Estremera y… bueno… Si la semana pasada me venía en gana hablar del aislamiento de Soto y de uno de mis momentos más bonitos en prisión (hola, “bonitos” y “prisión” en la misma frase; creo que ya lo he hecho todo en la vida), esta vez le toca el turno al de Madrid VII, Estremera.

 

No hacía especial frío ni nada de eso, así que voy a saltarme un poco el rollo de la contextualización para ir al grano.

 

Me habían dado el aviso para ir a ver de forma urgente a uno de los chavales de aislamiento. Al parecer el chico había “pillado cacho”, que en prisión tiene un significado muy distinto del que puede tener en la calle. Siempre que acudo advertida de antemano de estas circunstancias llego temblando a comunicar. Una nunca sabe lo que se va a encontrar y, aunque en verdad lo sepa siempre a ciencia cierta, nunca se puede acabar de entender, asumir o aceptar que “esas cosas pasen”.

 

Es como un jarro de agua fría, un bofetón de realidad,
un perpetuo estado de shock.

 

Aún no sé si prefiero encontrarme con esas cosas de forma inadvertida o si, por el contrario, me es más fácil afrontarlo cuando sé de antemano que no va a ser un rato fácil.

 

El caso es que llegué allí, como siempre, con mi mejor sonrisa.

 

El funcionario de accesos me conoce de cuando entraba a los módulos como voluntaria. Me cae bien. Es un tío agradable que hace su trabajo procurando que los días pasen sin mayor pena ni gloria. Un par de bromas, algún que otro comentario banal y para adentro.
 

“Laura, tienes a uno de los tres en aislamiento,
¿a qué locutorios vas primero?”

“Si no os importa, prefiero dejar al de aislamiento para el final”
Sonrío esperando haberlo dicho con voz firme.

 

Después de otros dos puntos de control de acceso e identificación, además de otras tantas cancelas automáticas, llego a los locutorios ordinarios.

 

Allí espero 5-10 minutos hasta que aparece el primero de los chavales que quería ver. Compartimos tiempo y buen humor, que al fin y al cabo es como compartir un poquito de vida en un sitio de muerte. Me tiro cerca de 40 minutos hablando con cada uno de ellos. Me cuentan sus novedades, le cuento yo las mías, hablamos de las aburridísimas/importantísimas legalidades de turno y nos echamos unas risas. No puedo sacarme de la cabeza al chaval de aislamiento, pero en ese momento toda mi atención está en quien habla.

El aislamiento sigue ahí, pero un poco en stand by.

Creo que ellos no pueden ni olérselo.

 

En fin.

Hora de despedirse y de cambiar de barracón.

Mano al cristal, al pecho y para afuera.

Atravieso el recinto para meterme en el módulo de aislamiento.

 

“Tardaremos un poco en sacártelo
porque estamos con los preparativos de la comida”

“Vale, cuando podáis, no voy a irme a ningún sitio, no os preocupéis, gracias”
Sonrío, como si nada, pero estoy muerta de nervios.

 

A los 15 minutos, aparece.

Viene contento, con una media sonrisa torcida. Viene también con lo que en su día tuvo que ser un buen hematoma en el ojo derecho. Lo trae con el amarillo-verdoso y marrón de cuando empiezan a desaparecer.

Agradezco y lamento a partes iguales no haber podido verle antes.

 

Finjo no darme cuenta.

 

“¡Vaya! Pareces contento, ¿te han dado buenas noticias, o qué?”

 

“No, no, no –se ríe–, lo que pasa es que me he tomado unas pocas de pastillas porque estoy fino-fino. Resulta que mi primo, que era como mi hermano, murió hace unas semanas en prisión. Imagínate. Estaba yo destrozado. ¿Te imaginas? Pues estaba yo con esas cuando me vino una guardia que me tiene mucha manía a mofarse de mí. ¿Qué pasó? Que me acabaron dando de hostias, claro, mira cómo tengo todavía el ojo. Y luego encima, me llevaron unos días a enfermería y cuando volví al chabolo me lo encontré todo reventado: la tele destrozada, mis cosas por ahí tiradas, las fotos rotas… En fin”.

 

Empieza a sacar papeles de un sobre que está a reventar. Me enseña todos los escritos que ha querido cursar: solicitudes (infinitas) para hablar con el director, solicitudes para que se le entreguen los partes médicos, escritos al Juzgado de Guardia, al de Vigilancia Penitenciaria, al Defensor del Pueblo…

 

Y de entre los papeles aparece una bolsa de zip
con pedazos de fotos hechas añicos.

DIOS.

 

En ese momento…

No sé cómo explicarlo.

 

En ese momento siento la cárcel con todo su peso.

 

¿Quién –QUIÉN– es lo suficientemente desalmado como para hallar el valor de partir en pedazos la foto de un niño? ¿Qué clase de infelicidad insuperable deben de sentir las personas que son capaces de hacer algo así?

¿Por qué –POR QUÉ–?

 

Es terrible, de verdad, horroroso.

Él sigue hablándome de sus cosas con los papeles en la mano, pero en verdad yo ya no sé ni si le escucho porque mi mente no puede más que circundar la imagen de esas fotos hechas pedazos.

 

Fotos que no lo son; porque en verdad son mucho más que eso.

Empiezo a hacerme preguntas de lo mucho que hubieran podido ser para él esas imágenes/cosas-rotas. ¿Cuántas horas las habrá mirado? ¿Cuántos recuerdos habrá revivido? ¿Cuánto habrá llorado con ellas y su omnipresente culpa? ¿Cuántas alegrías habrá querido contarles? ¿Cuántos besos les habrá dado? ¿Habrá dormido agarrado a ellas alguna vez?

 

No tengo ni la menor duda de que las fotos son mucho más que fotos y, si ya lo son estando en la calle, más aún estando en prisión.

 

Las puertas a un pasado mejor (casi que feliz) son un bien de incalculable valor cuando uno intenta convencerse de la necesidad de actuar bien en adelante. Esto es algo que creo pasa en prisión, pero no sólo en prisión.

 

Aquí fuera no es difícil adivinar que guardamos con especial cariño la foto de esa persona que en paz descansa. O las de algún romance. O las de la infancia con la familia. O las de cualquier-otra-cosa-en-la-que-nos-veamos-felices-porque-realmente-así-nos-sentíamos-en-ese-momento. No es verdad que en momentos de drama podemos caer fácilmente en el escudriñamiento de todos esos recuerdos para revivir tiempos mejores…?? Por favor.

 

Creo que esa es una verdad absoluta, infalible, cierta y universal; nadie va a convencerme de lo contrario.

 

El caso es que las fotos (los recuerdos) son esperanza y son ilusión. Si aquí fuera a veces vamos faltos de ello, qué no les faltará en prisión…??

 

En la cárcel, además de eso, las fotos son un motivo muy potente por el que.

Son una razón para dejar las drogas, un motivo para no querer volver a entrar, mil argumentos para querer salir adelante, cien porqués para querer reemprender la vida de otra manera.

Son una terapia que no tiene parangón o comparación posible.

 

Puede que hasta sean la reinserción esa de la que tanto se habla
y muy poco se dice.

 

En todo eso pensaba yo mientras él me seguía contando la escena.

Intentaba escucharle sin que aquel pedazo de imagen pudiera dejar de mirarme. Los distintos pedazos de lo que parecía una joven gitana (¡guapísima!) se amontonaban en la bolsa de autocierre. El retazo más expuesto mostraba parte de su frente, su negra cabellera y media mirada intensa, perfectamente delineada.

 

“Las fotos son sólo cosas”, me decía a mí misma interiormente intentando salir de mi bucle. No fui capaz de creerme y, cuando llegó la hora de partir, salí de allí con bastante malestar.

 

Mientras esperaba a que me abrieran, pensaba en lo gratuito del ataque en su conjunto. Empezaba a dolerme la barriga. Él estaría en enfermería mientras… personas semi-ajenas a su vida irrumpían en su intimidad, sus recuerdos y su dignidad para convertir su ya miserable vida en algo más miserable aún…?? Por favor. No tiene ninguna clase de explicación.

 

Que me abran rápido, por favor, quiero irme, no lo aguanto.

El nudo habitual que se me forma de incomprensión en el estómago...??
No hace más que crecer y crecer.

 

¿Me he despedido de él? Sí. Mano al cristal y luego al pecho. 

 

No puedo dejar de darle vueltas al tema. Alguien se asegura de que en la plantilla penitenciaria no haya sociópatas, narcisistas o psicópatas subclínicos…?? Es algo preocupante, de verdad, es horroroso, inadmisible. Serán una escandalosa minoría, por supuesto (y menos mal…!!), pero carece de sentido que todos los demás sean estupendos si uno solo de estos seres consigue colarse y pasar inadvertido. Acaba con todo, es un despropósito, lo echa todo por tierra.

 

Es como el garbanzo negro que te arruina el cocido.  

 

El caso es que salir de allí después de una de éstas
es siempre bastante incómodo.

 

Ellos (las personas implicadas) saben que lo sabes, pero tú no sabes cuál de ellos pudo haber estado en el momento álgido. Los encuentros se convierten en una especie de “quién-es-quién” para tratar de averiguar quién es la personalidad malvada que representa al lobo de Hobbes. “Seguro que éste no ha sido, no; no tiene pinta ni de saber que algo haya ido mal recientemente por aquí”. Me siento casi como una detective privada. Me descubro analizando cada gesto y expresión de los presentes en busca de algo que los delate, pero en verdad… no sé muy bien para qué. De qué serviría saber quién ha sido…?? Para acusarle y que represaliaran aún más al ya de por sí indefenso preso…?? De verdad quiero saber quién ha sido??

 

Quizás viva mejor en la ignorancia, pero sin quizás.

Lo contrario me empacharía de impotencia, de culpa y de vergüenza.

 

La cuestión es que sin comerlo ni beberlo, el abogado se ve inmerso en ese juego del ratón y el gato. Sin comerlo ni beberlo, a veces incluso sin saberlo, juega sin ninguna duda y por suerte en el bando del ratón, que es el bando del digno perdedor. Al gato (al que se sabe gato) le molesta esa presencia en tanto que amenaza, por lo que al final es la hostilidad la que acaba invadiendo el conjunto y el espacio.

 

Dejo de saber en qué lado del cristal me encuentro.

 

Es fácil descartar a quienes no pueden ser lobos.

La buena gente lo es en todas partes y a todas horas.

 

En cuanto a los demás…

 

Bueno. No sé.  

No podré saber mientras no pueda quitarme a esa gitana rota de la mente.

 

La única certeza que me persigue al salir es que el hombre simpático que me dio acceso al entrar no debe de tener ni la más mínima sospecha de todo lo que pasa a 500 metros escasos de él.

 

Los muros encierran, pero también esconden.

 

 

 

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