Escalofríos de propina

11/10/2018

 

Es tan surrealista, tan jodidamente surrealista…
Que a veces me sorprendo a mí misma cayendo en la cuenta de lo mucho que he normalizado cosas que no son para nada normal.

 

Hace poco recordaba una historia que todavía hoy (y con frecuencia) me estremece por dentro.

 

Yo creo que esto pasó en el mes de diciembre, si no recuerdo mal.
Diciembre de 2017, sí.

Hacía un frío de espanto por los Madriles, ¿cuánto menos podía hacer en la prisión de Soto del Real, que está ahí-ahí de la Sierra gatuna?
Es recordarlo y empezar a dolerme los dedillos de los pies, pese al doble y grueso calcetín con botas.

 

La mayor parte de las veces que voy al Soto visito a gente que está en aislamiento. La particularidad que esto tiene en este centro (como en algunos otros) es que no son ellos los que salen a mi encuentro en el barracón de cabinas, sino que soy yo la que es dirigida hacia el interior del presidio.

 

Por razones de seguridad (y de gestión administrativa), hay que evitar que estas personas salgan de sus módulos.

 

Por razones de seguridad (y sólo de seguridad, esta vez sí), no hago más que pisar sal de camino al módulo. El frío es insoportable, está por todas partes. La escarcha y el dolor, también por todas partes. Respiro vaho, me sonrío hablando con el funcionario que me acompaña y empiezo a sentir cómo va calando en los huesos el vaivén constante de temperaturas. Los entra-y-sales de forma intermitente se manifiestan en forma de escalofríos.

 

Con las manos y la nariz enrojecidas, llego al módulo de aislamiento en el que voy a comunicar. Me despido del funcionario, le agradezco que me haya acompañado y me meto para adentro. Me pego al radiador sin que desaparezcan los escalofríos, hasta que por fin aparece D., tan grande, tan guapo y tan negro como siempre.

 

Hablamos, reímos, me cuenta sus novedades (no parece que tengan en mente sacarle aún del aislamiento) y consumimos el tiempo. Llevo un rato oliendo la cena y son las 20’00h, así que amablemente me piden que vaya cortando el rollo y que me las pire para casa.

 

Me despido de D. como siempre, llevando mi mano al cristal para luego ponérmela sobre el pecho. Creo que con el tiempo he acabado protocolizando ciertos automatismos de encuentro y despedida a través del cristal.
Salgo del locutorio y me abren la cancela para salir.

 

Otra vez el frío y la densa noche.

 

No tengo que esperar mucho hasta que sale de la garita un chico bastante joven con el uniforme, “ven, pásate aquí conmigo que ahí hace mucho frío y te vas a helar; ahora mismo estoy solo y tenemos que esperar a la compañera para poder llevarte a la salida, pero está avisada y no tardará”.

 

Primera vez en mi vida que me invitan a pasar, ¡dale!


Creo que en mi cabeza se repite el pensamiento de
“por favor, que tarde mucho en llegar; quiero saciar mi curiosidad y no dejar ni un solo recoveco sin examinar!”.


No podía dejar de pensar en los equipos de contención.

 

Me da la impresión de que ese funcionario no lleva mucho trabajando en prisiones. Es joven, se le ve buen tío y me pregunta por la visita.

 

“¿Mucho trabajo?”. Sonríe.

“¡Qué va! Venía sobre todo a ver cómo estaba; jurídicamente ahora mismo se puede hacer poco por él, pero no por eso quiero dejar de venir a verle”. “¡Vaya! Pues eso es de agradecer; no te imaginas lo bien que les hace recibir visitas. Nosotros a veces intentamos acercarnos a ellos, pero claro… con el uniforme y todo, es inevitable que haya reticencias…”. Este tío me tiene flipando, ojalá todos pensaran como él. Espero que el paso de los años no haga de las suyas.

 

Aparece la trabajadora social. “¿Eres Laura?”. Hacía un par de semanas que me había llamado casi a las 21’00h de la noche para decirme que un interno le había dejado un post-it con mi número. “Quería que te diera las gracias de su parte por la carta y que a ver si le podías hacer llegar un mensaje a una persona”. Ya en ese momento me quedé estupefacta. ¿Una trabajadora social de prisión disponible a esas horas? Los presos me habían hablado maravillas de ella y, la verdad, no les faltaban razones para ello. Estuvimos hablando algunos minutos por teléfono, “¿eres su abogada?”; “pues en verdad no, pero como lleva tantos años y no tiene a nadie que vaya a verle…”. Le sorprendió para bien mi compromiso y dedicación. Me gustó mucho conocerla en persona.    

Y entonces salió D. de la cabina, que se quedó atónito al verme allí dentro.

Cruzó algunas palabras con la trabajadora social y...

vino directo a saludarme de nuevo.

 

La garita de los funcionarios es como una pecera de cristal, por lo que tampoco ellos tienen un contacto directo con los presos cuando están en sus puestos de guardia o vigilancia. Lo que sí tienen esas garitas son unas ventanillas poco más grandes que la boca de un buzón para poder dar y recibir documentación a y de los presos.

 

En ese preciso momento, la ventanilla que daba a D. estaba abierta y, sin dudarlo, D. metió su mano por la ranura con la intención de que le correspondiera.

 

Me abalancé hacia él casi de forma instintiva y le agarré la mano sin dudar.

Lo cogí con toda mi fuerza, con gran firmeza y tenacidad.

 

Le dije sin palabras que estaba con él, que le apoyaba, que para mí era alguien importante y que tarde o temprano aquello se acabaría. También él a mí me lo dijo todo sin palabras. Quizás fueron unos segundos de nada, pero allí se mantuvieron largas y evidentes conversaciones de afecto, cariño y comprensión. Recuerdo aquel momento como uno de los más intensos que haya podido vivir nunca en prisión.

 

Era la primera vez en 3 años que tenía ocasión de tocarle.

 

Tengo grabada la imagen de esas manos hablando.
La suya negra y caliente; la mía blanca y fría.  

 

Creo que los presentes se dieron buena cuenta de lo que allí estaba pasando. Creo que ellos, al igual que yo, cayeron en la cuenta de lo absurdo que era todo aquello. El cristal, el aislamiento, el no-contacto. Todo eso... ¿para qué?

 

Por favor, es sencillamente absurdo.

 

No sé qué estamos haciendo con esas personas.
¿Por qué es tan atroz el hecho de poder darle la mano a una persona?
¿Por qué ese sobresalto al ver su mano desnuda y sin cristal? ¿No será que la mente acaba doblegándose frente a la institución para asumir como normal algo que no lo es en absoluto? Me di cuenta de que eso era precisamente lo que pasaba; de que una parte de mí había naturalizado ya lo de tener un cristal entrometiéndose en todo.  

 

Salí de allí medio llorando (incluso sin el medio) y con muchísima emoción.

 

Por razones de seguridad, siento una gran gratitud hacia las personas que compartieron conmigo ese momento.

 

Lo recuerdo todas y cada una de las veces que comunico en ese aislamiento.

 

Nunca antes me había planteado la posibilidad de tocar a D. (ni a casi ninguna otra persona de las que visito, la verdad). ¿No es esto algo tristísimo? ¿No estaré cayendo en la naturalización de esta forma insana de relacionarse? Tengo asumido y muy interiorizado que el cristal forma parte de mi rutina, pero... ¡no!

 

Más presente tengo aún que somos bichitos sociales, que nos necesitamos, que el contacto, la relación, el apoyo y el afecto son del todo imprescindibles.

 

“Por favor, Laura, que nunca se normalice en tu cabeza una situación que puede ser de todo menos normal”, me recuerdo con afán.

 

No sé si volveré a tocarle algún día,
pero aquellos segundos ya fueron de por sí una propina.

 

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